jueves, 5 de abril de 2012

EL GATO EN LA LITERATURA: NEMURINEKO DE CECILIA LEVALLOIS

Nemurineko

Para el mejor escultor del Japón, Hidari Jingoro

“Es craso error de los artistas-al igual que las tontas madres- enamorarse de su magnum opus, ya que muy pocas veces esa adoración es correspondida. “
“ Verde que te quiero verde” había ya dicho hace tanto tiempo el poeta Federico García Lorca cuando yo recibí la primera estocada maestra de tu pincel mágico desde la raíz de mi cabello de liana hasta las puntas, una premonición de cuánto vendría detrás, bálsamo contra la depresión, una manera de aliviar un poco el gris del zumbido del aire acondicionado, paredes perla con muebles de caoba, una ventana pequeña por la que la luz tenue de la estación de lluvia se infiltraba como atemorizada, un despacho lleno de bonsáis con flores de colores, tan fecundamente frágiles en su pequeñez robusta…y aquel silencio interminable que ni la música clásica que yo llevaba en mi grabadora de mano podía apabullar. No tenía idea de donde yo venía o hacia adonde iba, era una prisionera de mi intelecto en su parte útil e ignoraba mi rol de musa plasmada en carne humana y huesos fuertes, no sabía que eras vos quien llevaba atuto el muerto de haberme plasmado en semejante fenómeno caminante. Ya era así de exacta a como lo soy ahora, concreta a morir y rotundamente yo.
“Una tarde de tormenta vos saliste del bonsái con flores rosadas, escurriéndote como un hilito de sangre brotando pacíficamente de la tierra mojada de su macetera, rumbo hacia el piso, manchando la alfombra cara del despacho por la cual el jefe esperaba que casi pasáramos volando para no ensuciarla. Tomaste la forma de un gato negro que se deslizó confiando hacia mi escritorio. La mancha de sangre de la alfombra desapareció apenas emitiste tu primer ronroneo. Cierto. La materia no es creada ni destruida, solo transformada. Y yo me salvé de pagar un realero de mi bolsillo para que se llevaran la alfombra a que le dieran un buen shampoo. Para entonces ya se sabía, y se murmuraba, que yo era un pararrayo de las dimensiones, que a mí me pasaban cosas extrañas que no coincidían con mi sólida incredulidad de marxista. Verdades al margen de cualquier realismo científico, que no por eso dejaban de ser mágicas. Por eso cuando una noche me dormí como piedra no es de extrañarse que soñé cómo me hiciste.
“Me trasladé en sueños en mi propia máquina sin aceitar del tiempo y arribé al Japón del siglo XVI, a finales, cuando se daba su unificación. Para entonces había muerto en un templo el general unificador Oda Nobunaga, ironía, quemado mientras rezaba, no lo salvó deidad alguna, jodido, y me reí un poco cuando comparé y dije que era verdad lo de la canción, que mencionaba que no bastaba rezar. Su sucesor había sido el Cara de Mono de Hideyoshi Toyotomi, a quien tampoco le habían dado derecho de usar el título de shogun o gobernador militar porque tampoco descendía del azulísimo clan Minamoto. Te encontré joven, con aquellos cabellos y ojos tan azabaches, y ya tu talento había merecido la atención del shogun Iyeyasu Tokugawa, quien estaba echándote una mano al comisionarte varias obras. Te recomendó un maestro tuyo, el arquitecto de la corte imperial. Ambos el Iyeyasu y vos tenían la misma pasión desmedida que yo siento por los gatos, que es decir bastante. Desde tu venida al mundo en el seno de una familia de artesanos en 1582-once años después que los dizque cristianos deschincacaran la flota otomana cerca del puerto de Corinto en la Batalla de Lepanto donde Cervantes inutilizó una de sus manos-no habías podido controlar tu complacencia ante la presencia de los felinos. El hecho de ser zurdo te dio tu nombre. A tus 17 añitos el futuro shogun Iyeyasu Tokugawa te contrató a tiempo completo, y cuando éste subió al poder en 1600, vos ya ibas rumbo a la gloria junto con él. Gatos, gatos en todas sus formas y colores, en esculturas , en grabados, brotaban de tus manos y Thaka, tu mujer, te protestaba que casi no pasabas tiempo con ella por estar haciendo los más diversos retratos de gatos. Los nemurinekos, los gatos descansando plácidamente, te salían con tal naturalidad que una vez dijiste que al renacer en otra vida lo harías en forma de gato. Lo peor es que a pesar de ser hombre, y los machos humanos casi nunca cumplen lo que prometen, esa declaración sería profética.
“Bajo la protección del shogun tu patrón habrías de crear tus obras maestras plasmando en diversas formas a la amada gata Taino del mandamás. Thaka cada día se enojaba más con vos, y un día después de una reyerta matrimonial particularmente agria, quisiste hacer una mujer creada por tus manos, a tu gusto y antojo, la misma versión de Pygmalion y su Galatea de la mitología antigua. Te diste a la tarea con entusiasmo en tus pocos ratos libres. Corrías a tu taller apenas el shogun te dejaba un rato libre, y era tanto tu afán que tu mismo patrón, broma en serio , te preguntó si era que tenías un entusiasmo amoroso impaciente. Te sonrojaste, mi zurdo, hasta la raíz de tus negros cabellos y solo pudiste bajar la mirada y sonreír a medias, con aquella sonrisa radiante que subyugaba hasta a tus gatos. Fue cuando el shogun, con mirada vidriosa, te dijo que te envidiaba. El confesó nunca haber estado enamorado de un ser humano, aunque era obvio que daba su vida y la de los demás por su gata cola chinga Taino. No atinaste a bajarle el gas confesando que era que estabas creando una mujer de madera y no que andabas en romance con alguna cortesana. Hay ilusiones cuyos espinazos es mejor no romper. Mentiras blancas? Pueden ser blancas las mentiras o las omisiones? En esa no estaba de acuerdo tu buen amigo y maestro Tatsumasa Yamakazi, quien impartía clases de kendo o esgrima japonesa. Líder de la escuela Tomita, tu profesor a veces era tildado de demasiado rígido. Por qué no confesar que estabas haciendo lo que muchos no podían hacer por falta de ingenio o talento, crear una mujer a la medida de los sueños exactos? Sin embargo tu otro profesor, el arquitecto de la corte imperial en Kyoto, Hokyo Yoheii Yusa, opinaba que cada quien tenía derecho a cuantas cortinas su dinero y misterio podría comprar. El mismo había sobrevivido a tantas intrigas palaciegas precisamente porque sus verdades sonaban factibles pero eran relativas. Pero te protegió por ser tan ingenioso e innovador cuando inventaste un candelabro automático que se rellenaba solo de cera y a la vez servía de adorno. Tu mujer preguntaba si también lo podías rellenar de mierda, porque era lo único que le producías como marido.
“No sé si tu tragedia la iniciaste cuando te emborrachaste de sake ante la escultura terminada. Vos creíste ver que se movía, creíste escuchar que hablaba y te animaba con palabras cariñosas. El hecho de que Iyeyasu Tokugawa había delegado en 1605 su gobierno a su hijo Hidetada no había tenido efecto negativo en su patrocinio hacia vos, pues en realidad Iyeyasu seguía mandando tras bambalinas y hacía lo que le daba su regalada gana. Te preguntó si no te estabas volviendo loco, aunque admitió el derecho y obligación que todos tenemos por volvernos desquiciados por uno o varios motivos. Le dijiste que tenía razón, y la escultura que vos habías creado era posible garfio hacia la locura, pues ahora deseabas que fuera humana. Nunca olvidarás aquella tarde cuando tu patrón, cargando tiernamente a su gata Taino, te dijo que alguna vez tu escultura brotaría sangre y pelos y sería una humana. No te pedía que confiaras en dioses pues él mismo, Iyeyasu, en realidad no creía mucho en eso, pero te lo dijo con tanta convicción que no te quedó mas remedio de que te brotara el bonsái de una esperanza en la macetera de tu imaginación. Le debías mucho a tu patrono, y si algún resquemor o reserva tuvieses en tu afecto hacia él, lo perdiste cuando poco antes de su muerte en 1616 Iyeyasu Tokugawa te conquistó por completo al mojar una fina navaja en el mejor sake, abrir con cuidado el vientre de la embarazada gata Taíno, y sin temblarle la mano procedió a extraer a los tres gatitos que ella por sí sola no podía expulsar. Grande fue tu sorpresa al verle coser de nuevo el gordo vientre de la gatita con finísima seda. Tanto la gata como sus hijos sobrevivieron en buena salud, y luego tu patrón te mencionó que no podía darse el lujo de ver otra gata morirse en manos de un veterinario inepto a como había sucedido en su juventud con su gata Val. Iyeyasu tenía el don de gracia con la vida, y vos no lograbas lo mismo con tu escultura de mujer.
“Tu escultura nunca pasó de ser eso, aunque vos la acariciabas, suspirabas ante ella, le recitabas poemas y hasta le leías de tu extensa colección de libros. La muerte de tu patrono en 1616 te llevó a cumplir con tu promesa y recoger a su gata Taino y los tres gatitos del dramático parto-los cuales ya eran adultos también-y llevarlos a tu casa. Para la tumba de Iyeyasu en Nikko le hiciste tu nemurineko más célebre para que vigilara la tumba hasta que los siglos de los siglos convirtieran a tu patrono en cenizas de promesa, polvo de esperanzas. De esa encargo habían hablado tu patrono y vos en numerosas ocasiones sentados ante una humeante taza de té. Iyeyasu te dijo que si de veras lo habías amado crearías lo mejorcito para su memoria, para su morada final que llamaría Toshu Gu, en Nikko. Taino murió en 1621, y sus hijos entre 1622 y 1630, quienes para entonces ya habían engendrado a un buen puñado de descendientes en medio de las noches cuando se refocilaban en el techo de tu casa en medio de alaridos poco melódicos. A Taino y sus hijos los enterraste con tanto respeto y cariño en el patio de tu casa. Vos mismo te quedaste solo en la vejez, Thaka un día se marchó con un samurái, harta de que no le pusieras atención a ella y sí a la escultura femenina que había brotado de tus propias manos milagrosas. Thaka se fue gritando que siempre fue alérgica al pelo de los gatos. Te quedaste encogido de hombros, pues nunca te diste cuenta para qué servía Thaka que no fuera para instrumento de reproducción. Solías decir que nunca se estaba solo si había por lo menos un gato en la casa. Tu único hijo se había hecho samurái y te visitaba infrecuentemente. Moriste a causa de la hipertensión en 1644 a los 62 años de edad, y fue como si tu corazón se saliera del pecho para echarte el más sublime nudo de seda alrededor del cuello. La leyenda cuenta que los 15 gatos que tenías te siguieron hasta donde te enterró un pariente lejano y luego languidecieron echados sobre tu tumba, igual que la gata que le creaste a Iyeyasu para que vigilara su sueño eterno en su mausoleo en Nikko. Tus mascotas no atinaron a vivir sin vos aunque sobró quienes quisieran adoptarlos. Una vez muerto, tus obras hablaron por vos. Los expertos no podían imaginarse cuánta fertilidad y creatividad habían vivido en tu pequeño cuerpo estilizado.
“Ën el siglo XX una de tus obras cayó en manos de una oportunista experta en tirar los hules de la lástima, usando la astucia y un descaro a prueba de bombas a como enseña el mundo capitalista y la convirtió en un ícono pop que le reportó mucho dinero. Nunca te dio las gracias por supuesto, pues es ley triste de la vida que muchos ponemos un huevo, uno lo cuece y otros lo comen y no te dejan ni la cáscara en que venía envuelto. No te dan siquiera el proverbial eructo de gracias de los árabes ante la mesa.
“Nosotros fuimos víctimas del anacronismo que se ríe a carcajadas desde tantas páginas de la historia, mi zurdo. En esta vida, en el siglo XXI, tu escultura ha cobrado vida. Pocos creen en su valor más allá de ser un adorno físico de extraordinaria belleza, fusión de razas y culturas, un aditamento de la erudición que se muere por volar. Tu escultura tiene tantos nombretes, y solo sus gatos saben quién es ella. Es la modelito endiosada para los que quisieran verla en fracaso y desastre, deseando arrancarle cada dólar bien ganado que se lleva en la chequera. Es envidiada, ay tributo bilioso que los mediocres le pagan al genio, a como decía el inefable Oscar Wilde. Es la secretaria y sirvienta para el hombre que le sacó retoño de las entrañas en esa barbarie de veneno disfrazado de confite que es el matrimonio, es la pera de boxear donde su prole se ejercita para salir al ring de la vida. Cuántos roles para la mujer de madera que vos solo quisiste amar. Cuánta distancia entre tu existencia en el siglo XVII con el eterno sol naciente brillando rojo sobre samuráis y shogunes y cerezos en flor, y mi jaula en un siglo XXI en un país tropical donde aún hay totalitarismo, tanta cochina corrupción, machismo y tanto atraso.
“Sé que nos vamos a reunir hasta que yo me muera, al menos en nuestras formas originales. Todo ese lapso de tiempo serás el gato negro que es mi sombra, y me acusen de tener pacto con el diablo cuando me sigás ronroneante exigiendo tu lata de atún con mayonesa. Tu negritud azulada es el adorno del patio y no han podido forzarme a contar cómo llegaste a mí, aunque la versión oficial es que maúllabas perdido por un centro comercial de la capital y te traje por lástima. Hasta me han hecho mentirosa, porque las mentes pequeñas no atinan a entender las coincidencias macabras del destino. Mientras tanto buscaré una guitarra para cantar, y seguiré escribiendo feliz , reproduciéndome como un helecho colmadito de esporas regándose en el céfiro perfumado de la tarde soleada en los que tomen escuela de mí. Solo yo me he fijado que vos no tenés sombra, porque a los otros no les dan espacio sus cabecitas tan repletitas de vanidades y maldades para hacer preguntas de fondo, qué menos proponer respuestas posibles.
“ No ha pasado mucho tiempo desde que viniste a vivir conmigo, y de mi antigua oficina gris me traje dos de los bonsáis. Te estirás al lado de ellos como pantera negra de sala, o te convertís bajo la lluvia en un jaguar de patio. Sos el león de una casa modesta, la cual se convierte en palacio porque en ella existís. Se te hace corto el tiempo para estarme admirando desde tu ronroneante pelaje que de tan negro es azul pijul. Allá en tu Japón natal lejano los turistas siguen suspirando al ver a tu obra maestra esperando adormilada que despierte Iyeyasu de su sueño en Nikko, o admiran tus otras obras en colecciones y museos. Muchos chiquillos ignorantes no saben de donde vino esa gatita blanca con expresión de sonsa, éxito en megadólares que no representa al Japón del regio sol eternamente naciente. Dejálos que sueñen con pesadillas azucaradas de consumo. Mientras tanto yo estoy aquí, y cuando a la escultura le comiencen a salir hebras de luna en el cabello o el juez que refuerza las leyes de la gravedad del célibre Newton decida dar dictamen a mi trasero, lo comprenderás. No soy más la muñeca del kokoro, sino que tengo tantos nombretes. Yo te reclamo un poco que por qué te esmeraste tanto si la belleza extrema no solo trae arrobo sino envidia. Pero sueño con una guitarra para poder cantar. Soñar no cuesta nada, mi zurdo.
“Y espero.
“El destiempo se ha cebado en nosotros, pero siempre está la salida hacia el puente del arcoíris que me llevará más allá del Momotombo ronco y sonoro y el amenazador cono del Concepción para pasar hacia tu Fujiyama y reunirnos allá bajo la sonrisa ígnea de tu diosa del sol.
“Te fijas, mi zurdo, la ventaja de la madera y esmalte sobre la carne , el hueso y la sangre? Pero esta vez el hecho de ser perecedera va en tu favor, y el reencuentro será pronto, por más que acabe siendo longeva y me quede en el mundo más allá de la bienvenida inicial. Tu escultura, que ahora soy yo en carne y hueso, regresará a tus manos. Todo vuelve a su punto de origen y hasta la fantástica novela de ficción e intrigas que es la Biblia lo dijo que polvo eres y al polvo regresarás. Cuando nos morimos siempre lloran los que nos rodean para efectos publicitarios, que los vecinos no digan que eran una tara de malditos que nos dieron vida de perro, pero eso no significa que no musiten para sus adentros que ya una llevaba horas extras. Aguarda un poco más, que ya voy.
“Mientras tanto, seguí siendo mi nemurineko, quien aguarda en el sillón ya raído que yo regrese del trabajo. Eros Ramazotti en su voz ñaja lo plasmó cantando “gracias por existir.” No es cualquiera el que puede jactarse que Hidari Jingoro, vos, el mejor escultor del Japón, lo está esperando en casa.”

10:47 am del 23 de mayo del 2010-05-23

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