jueves, 5 de abril de 2012

CONTRIBUCIONES AL SITIO:BREVES DE FELINOS ILUSTRES







La reina Victoria de Inglaterra sentía pasión por los gatos. Su favorita, una gata persa, llamada White Heather, sobrevivió a la muerte de la soberana, y vivió en el palacio de Buckingham hasta bien entrado el reinado de Eduardo VII. Era la rival del igualado y atrevido John Brown, sirviente de Victoria que era muy confianzudo, y a quien White Heather varias veces puso en su lugar de un semerendo zarpazo.


Se dice que en Estados Unidos, el partido republicano insta a sus candidatos a incluír a sus perros en los retratos de familia, pero les instruyen explícitamente de no hacerlo con sus gatos. Según los asesores de imagen, la presencia de un gato transmite una imagen de corrupción, codicia, avaricia y deshonestidad.Como siempre, los republicanos demuestran su atraso social.
La emperatriz Zoe de Bizancio, esposa de Constantino Monomaco, hacía comer a su gato junto a ella en un suntuoso plato de oro. Se guisaba salmon solo para ella.


El cardenal Richelieu vivía con catorce gatos, uno de los cuales, negro como el carbón, se llamaba Lucifer. Otro de ellos, Gaceta, tenía la costumbre de orinar sobre los invitados que le desagradaban. Píramo y Tisbe se convirtieron en una pareja inseparable que siempre dormía con las patitas entrelazadas. Otros felinos que tuvo este personaje fueron Serpolet, Sumiso, Ludovico el Cruel (que debía su nombre a que cazaba a sus presas, sobre todo ratones, de forma particularmente violenta)y Peluquín, llamado así porque se dice que nació sobre la peluca de uno de los amigos del cardenal.La plebe le puso al pobre gato Peluca de Puta. Los gatos de Richelieu eran reverenciados hasta por el rey de Francia, en ese entonces el inùtil Luis XIII quien por lo menos tenìa el buen tino de reconocer la superioridad de alguien màs inteligente que èl.


En el número 10 de Downing Street, residencia del Primer Ministro británico, la presencia de gatos no es noticia. Cuando Harold Wilson ocupó el cargo de Primer Ministro y su gato Nemo se convirtió en miembro de su gabinete, se le preguntó al embajador italiano en el Reino Unido qué le gustaría ser si volviera a nacer. Éste, con una sonrisa, contestó: "Me gustaría ser gato en Londres".

Socks, el gato más famoso de la Casa Blanca, recibió durante el mandato presidencial de Bill Clinton más de 100.000 cartas de fans al año, que eran puntualmente contestadas por un equipo de voluntarios acompañando como firma la huella impresa de un gato. Socks supo mantener la cordura aun ante la evidencia del traje manchado y el puro de Monica Lewinsky, aunque Bill sì tuvo que llorar.

A la muerte de Tom Kitten, el gato de John Fitzgerald Kennedy, se publicó una nota necrológica en un diario de Washington en la que se leía: "Contrariamente a los humanos en su posición, Kitten no escribió sus memorias ni buscó sacar provecho de su estancia en la Casa Blanca".

El general y político francés Charles de Gaulle sentía una especial antipatía con los periodistas, a los que trataba con displicencia, mostrándose sin embargo tierno y jugetón con su gato Gris-Gris.

El famoso novelista inglés Charles Dickens (1812-1870) no salía de su asombro cuando su "gato" William parió una numerosa camada, viéndose obligado a rebautizar a su felino con el nombre de Wilhelmina. Un hijo de esa gata pasò a ser El Gato del Amo, quien le apagaba la candela con la cebollita izquierda delantera para mandar al lecho a Dickens cuando el minino consideraba que era hora de dormir.

Florence Nightingale (1820-1910), considerada la madre de la enfermería moderna, estuvo en la Guerra de Crimea acompañada por sus gatos, entre ellos Bismarck, Gladstone, Disraeli y Houri, una angora turca que le fue regalada por un soldado de ese país.

El compositor nacionalista ruso Alexander Borodin (1833-1877), autor de la famosa ópera "El Príncipe Igor", tuvo al menos dos gatos, cuyos nombres eran Dlinyenki y Pescador. El ultimo era experto en natación y a menudo le traìa sapos al compositor.

El gato del compositor napolitano Domenico Scarlatti (1685-1757) fue la fuente de inspiración de su obra "La fuga del gato".

La reina egipcia Cleopatra (70 a.C.-30a-C.) sentía auténtica adoración por su gata, Charmaine.

El profeta Mahoma tuvo a lo largo de su vida muchos gatos, pero su favorito sin duda era Muezza. Cuenta la leyenda que en una ocasión en que dormía sobre la manga de la túnica del profeta, éste prefirió arrancar la pieza de tela y levantarse sin ella, antes que molestar a su adorado gato.

El emperador japonés Ichijo confinó a prisión al dueño de un perro que había perseguido a su gata Myobu No Omoto, por considerar que el honor de ésta había quedado irreparablemente mancillado. Sin embargo la gata nunca fue forzada a suicidarse para lavar su honor. Se lo lavò con estofado de conejo y sardinas en miel.

Abraham Lincoln asignó a Tabby, su gato rayado, la tarea de convertirse en ayo particular de su hijo Tad.

Se dice que el presidente estadounidense Theodore Roosevelt (1858-1919) conversaba a menudo con sus gatos Tom y Zapatillas sobre el Canal de Panamá. Nunca los llevò ahí, prudentemente, debido a que habían tantos mosquitos que se hubieran llevado en peso a los dos gordos gatos.

Cuando Tiger, el gato vagabundo adoptado por el presidente estadounidense John Calvin Coolidge (1872-1933) se perdió, el político, que solía caminar por la Casa Blanca con el gato alrededor del cuello a modo de bufanda, compareció ante los medios ofreciendo una recompensa a quien pudiera aportar pistas sobre su paradero.

El misionero francés Albert Schweitzer (1875-1965) llevó consigo a su gata Suzi a Africa, donde fue adorada como una diosa por los nativos.

 aporte de Bosco Miranda Kraudy.


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